sábado, 20 de octubre de 2012 By: Jose Vega

La historia de Rene Caisse


Yo era la enfermera canadiense de cáncer- La historia de ESSIAC
Rene M Caisse R.N. 1888-1978


A mediados de los años 20, trabajaba como enfermera en el hospital de las hermanas de la providencia, en una ciudad del Norte de Ontario.

Un día, una de mis enfermeras estaba bañando a una anciana paciente. Me di cuenta de que uno de sus pechos era una masa de tejido cicatrizado, y le pregunté acerca de ello. “Volví de Inglaterra hace casi 30años”, me dijo. ‘'Me reuní con mi marido, que estaba de expedición en el Norte de Ontario. Empecé a tener dolores muy fuertes e hinchazones en mi pecho derecho. Mi marido me llevó a Toronto, y los médicos me dijeron que tenía un cáncer de mama muy avanzado y que era necesario amputarlo inmediatamente.


‘'Antes de abandonar el campamento, un anciano médico indio me había dicho que tenía cáncer, pero que él lo podía curar. Decidí que intentaría su remedio antes de que me amputasen el pecho. Una de mis amigas se había muerto en la operación de amputación de pecho. Además, no teníamos dinero.'‘

Ella y su marido volvieron al campamento minero, y el viejo indio le mostró ciertas hierbas que crecían en la zona. Le dijo que hiciese un té con esas hierbas y que lo tomase cada día.

Tenía cerca de 80 años cuando la ví y no había ninguna reincidencia del cáncer.

Me interesé mucho y anoté el nombre de las hierbas que había utilizado. Sabía que los médicos enseguida ponían las manos en los pacientes cuando descrubrían un cáncer: era igual que una sentencia de muerte, o casi. Decidí que si algún día tuviese cáncer, usaría ése té de hierbas.

Un año más tarde, estaba visitando a un anciano médico retirado al que conocía bien. Caminábamos lentamente por el jardín cuando cogió su bastón y levantó una planta.

‘'Enfermera Caisse'‘ me dijo, ‘'Si la gente utilizase esta hierba habría muy poco cáncer en el mundo'‘.

Me dijo cómo se llamaba la plata. Era una de las hierbas que mi paciente nombró como un ingrediente del té del médico indio!

Unos meses más tarde recibí noticias de que la única hermana de mi madre había sido operada en Brockville, Ontario. Los doctores habían descubierto que tenía cáncer de estómago con complicaciones en el hígado, y le diagnosticaron un máximo de seis meses de vida.

Enseguida fui a su encuentro y hablé con su doctor. Era el doctor R.O. Fisher de Toronto, a quien conocía bien porque había cuidado a muchos de sus pacientes. Le hablé de mi té de hierbas y le pedí permiso para utilizarlo bajo su supervisión, ya que aparentemente no había nada que la ciencia pudiese hacer por mi tía.

El consintió rápidamente. Conseguí las hierbas necesarias, con alguna dificultad, e hice el té.

Mi tía vivió 21 años más, después de que los médicos se hubiesen rendido. El cáncer desapareció y no se volvió a desarrollar.

El Dr. Fisher se impresionó tanto que me pidió que utilizara el tratamiento en otros de sus pacientes con casos de cáncer incurable. Otros médicos oyeron hablar de mí a través del Dr Fisher y me pidieron que tratase a algunos de sus pacientes, a los que la ciencia médica ya nada podía ofrecerles. Ellos también quedaron impresionados con los resultados.

Varios de los médicos me preguntaron si estaría dispuesta a utilizar el tratamiento en un hombre viejo, con la cara carcomida,  que sangraba tanto que los médicos dijeron que no viviría más de 10 días.

‘'No esperaremos un milagro'‘, me dijeron. ‘'Pero si tu tratamiento puede ayudar a éste hombre en su etapa de cáncer, sabremos que has descubierto algo que el mundo entero necesita desesperadamente– un remedio contra el cáncer'‘

Mi tratamiento paró el brote incesante de sangre en 24 horas. El hombre vivió durante seis meses con muy pocas molestias.

Tras presenciar tales resultados con sus propios ojos, ocho de los médicos firmaron una petición al ‘Department of National Health and Welfare’ en Ottawa, pidiendo que me otorgasen las facilidades necesarias para realizar una investigación independiente sobre mi descubrimiento.

Su petición, con fecha del 27 de octubre de 1926, Toronto, leía así:

A quien pueda concernir: Nosotros, los abajo firmantes, creemos que el “Tratamiento de cáncer” descubierto por R.M. Caisse, no puede hacer ningún daño y que alivia el dolor, reduciendo el agrandamiento y prolongando la vida en casos que ya no tienen cura. Bajo el mejor de nuestro conocimiento, no ha tratado ningún caso hasta después de que la ciencia médica y quirúrgica haya intentado hacer todo lo posible dentro de sus limitaciones, e incluso entonces ha sido capaz de demostrar resultados favorables espectaculares en aquéllos casos que estaban en su última etapa. Estaríamos interesados en que se le diese la oportunidad de mostrar su trabajo a más alta escala. Bajo el mejor de nuestro conocimiento ha tratado todos los casos de forma gratuita y ha continuado realizando ésta tarea a lo largo de los dos últimos años. (Firmado por los ocho médicos)

Me alegré profundamente ante la expresión de tal confianza otorgada por médicos reconozidos, acerca de los beneficios derivados de mi tratamiento. Mi alegría duró poco. Poco después de recibir ésta petición, el departamento de la salud y el bienestar social envió a dos doctores de Ottawa para que me arrestasen por “practicar la medicina sin tener licencia'‘.

Esto fue el comienzo de casi 50 años de persecución que soporté por intentar ayudar a los afectados por el cáncer, tanto por parte del gobierno como por la profesión médica.

Sin embargo, cuando los dos doctores envíados desde Ottawa se enteraron de que estaba trabajando con nueve de los físicos más eminentes de Toronto, y que el tratamiento fue suministrado sólo bajo su petición y observación, no me arrestaron.

El Dr.W.C.Arnold, uno de los doctores investigadores, se interesó tanto en mi tratamiento que me propuso experimentar con ratones en los laboratorios del Christie Street Hospital en Toronto, con el Dr. Norich y el Dr. Lockhead. Así lo hice desde 1928 hasta 1930. Estos ratones fueron inoculados con Rous Sarcoma. Mantuve a los ratones vivos durante 52 días, más de lo que nadie había logrado, y en posteriores experimentos con otros dos médicos,  conseguí que los ratones viviesen más de 72 días con ESSIAC.

Esta no fue mi primera experiencia clínica. Anteriormente había transformado el sótano  de mi madre en un laboratorio, donde trabajé con médicos que estaban interesados en mi tratamiento. Descubrimos que en ratones inoculados con carcinoma humana, el crecimiento retrocedía hasta que después de nueve días de tratamientos con ESSIAC, ya no invadía los tejidos.

Esto sucedió durante el período en el que trabajaba bajo la sugerencia del Dr. Fisher, que decía que el tratamiento podía ser más eficaz si se inyectase, en lugar de darse en forma líquida, como un té. Empecé a eliminar una sustancia tras otra: finalmente cuando se eliminó el contenido proteínico, descubrí que los ingredientes que paralizaban el crecimiento maligno podían ser de hecho inyectados en la vena sin causar la reacción que habíaresultado de mi primer experimento inyectando ratones. Sin embargo, descubrí que los ingredientes extraídos de la fórmula inyectada, los cuales reducían el crecimiento del cáncer, eran necesarios para el tratamiento.

Aparentemente éstos ingredientes curaban tejidos destrozados e infectados por la enfermedad. Al inyectar en la vena del brazo, para destruir la masa de células malignas obtuve resultados más rápidos que administrando la medicina de forma oral para purificar la sangre, lo cual era mi tratamiento original hasta que el Dr.Fisher me sugirió experimentar con el desarrollo de una inyección que podía suministrarse sin reacción.

Recuerdo bien la primera inyección del medicamento en un paciente humano. El Dr Fsher me llamó y me dijo que tenía un paciente de Lyons, Nueva York, que tenía cáncer de garganta y lengua. Quería que le inyectase ESSIAC en la lengua. Bueno, yo estaba muerta de miedo. Y la reacción fue violenta. El paciente desarrolló un severo temblor; su lengua se hinchó de tal forma que el médico tuvo que presionarla hacia abajo con una espátula para dejarlo respirar.

Esto duró unos veinte minutos. Después el hinchazón bajó, y desaparecieron los temblores y el paciente se puso mejor. El cáncer paró de crecer, el paciente se fue a su casa y vivió de una forma bastante aliviada durante cuatro años.

En la época en la que utilicé mi tratamiento en casos de cáncer terminal o cánceres que no respondían a tratamientos médicos, todos ellos referidos a mí por los nueve médicos de Toronto- todavía trabajaba de enfermera 12 horas al día, la jornada laboral habitual para enfermeras en aquél entonces. Sólo disponía de mis dos horas de descanso y de las noches para dedicarme a mi trabajo de investigación y a mis tratamientos.

Decidí abondonar la enfermería y así poder dedicar más tiempo a la investigación y el tratamiento de pacientes.

Los médicos empezaron a enviarme pacientes, que trataba en mi apartamento , unos 30 cada día. Ahora sentía que tenía alguna evidencia científica para convencer a la profesión médica de que mi tratamiento tenía gran mérito. Conseguí una cita con el Dr Frederick Banting del Banting Institute, en el departamento de investigación médica de la Universidad de Toronto, famoso en el mundo entero por el descubrimiento de la insulina.

Después de leer las notas de mis casos, y examinar algunas de las fotos del hombre con cáncer de piel, antes y después del tratamiento, así como los rayos x de otros cánceres que había tratado, se sentó silenciosamente durante unos minutos mirando al vacío.

“Señorita Caisse”, dijo finalmente, mirándome fijamente a los ojos, “No le voy a decir que tiene usted la cura contra el cáncer. Pero posee más evidencias sobre un tratamiento beneficioso contra el cáncer que cualquier otra persona en el mundo”.

Me aconsejó que solicitase las facilidades necesarias para realizar una investigación en más profundidad en la Universidad de Toronto. Me ofreció incluso compartir su laboratorio en el Banting Institute para trabajar conmigo.

Sin embargo, al hacer tal solicitud a la Universidad de Toronto, tendría que darles mi fórmula, la cual podría ser archivada y olvidada, o utilizada por la universidad para realizar sus propias investigaciones- y a pesar de ello, todavía podían rechazar mi solicitud para llevar una investigación independiente en la Universidad.

Después de darle muchas vueltas, rechacé la proposición del Dr. Banting y su oferta de trabajar conmigo.

Quería establecer mi remedio, al que llamé ESSIAC (mi nombre escrito al revés), como una práctica real y no sólo en un laboratorio. Sabía que no tenía efectos secundarios perjudiciales y por lo tanto no podía hacer daño. Quería utilizarlo en pacientes del modo que yo quería y compartir la administración de mi propio descubrimiento cuando llegase el momento.

Hacer tal cosa era imposible para cualquier investigador independiente, incluso hoy en día, debido a que no es nada menos que una conspiración para encontrar una cura contra el cáncer. Decidí demostrar mi tratamaiento por sus propios méritos, sin ninguna ayuda si fuese necesario.

El Dr. Banting aprobó mi decisión y mi valor. El había descubierto la insulina. No había reivindicado que fuese una cura contra la diabetes. Sabía por experiencia que era un paliativo y un disuasivo. Yo sabía lo mismo acerca de ESSIAC.

Pero el Dr. Banting era un médico y un practicante reconocido, de forma que aunque entregó su fórmula a la profesión bajo el código ético de la medicina, fue honorado y premiado. Yo no me encontraba en una situación profesional para asegurar la aceptación de ESSIAC y la atribución de su descubrimiento si entregaba la fórmula antes de que el mérito del tratamiento fuese reconocido sin ninguna duda.

Los inquilinos de la casa donde tenía mi apartamento en Toronto se quejaron por las numerosas visitas que recibía- unos 30 o más pacientes diarios. Además, ya no me podía permitir el lujo de vivir en la ciudad, ya que había abandonado mi trabajo de enfermera. No cobraba nada por los tratamientos y dependía exclusivamente de las ocasionales contribuciones voluntarias. Pensé que podía vivir con menos gastos en una ciudad más pequeña y me trasladé a Timmins, con la idea de volver a trabajar de enfermera.

Sin embargo, el Dr. J.A. McInnis (quien había firmado la petición de 1926 y había visto mi trabajo en Toronto) me pidió que tratara a clientes suyos de cáncer, lo que hice con buenos resultados.

Más tarde me mudé a Peterborough, al este de Toronto y allí viví en una casa alquilada, donde nada más instalarme, el Colegio de Físicos y Cirujanos envió un oficial con una orden de arresto, acusándome otra vez de “practicar la medicina sin tener licencia”. He perdido la cuenta del número de veces que he sido amenazada con arrestos y encarcelamientos, por el hecho de tratar a pacientes con ESSIAC.

El oficial habló conmigo y con algunos de mis pacientes y me dijo: “No voy a darle la orden de arresto; voy a hablar con mi jefe, el Dr. Noble”. El Dr. Noble era el director del Colegio de Físicos y Cirujanos.

Al día siguiente escribí al Hon. Dr. J.A. Faulkner, Ministro de la Salúd, para solicitar una audiencia. Recibí un carta para una citación el lunes siguiente a las 2 p.m. Me puse en contacto con algunos de los médicos que me habían recomendado a pacientes, y cinco de ellos, junto con doce pacientes vinieron conmigo al juicio. Fuimos cordialmente recibidos por el Dr Faulkner, su ministro diputado el Hon B.T. McGee y otros médicos del National Health and Welfare, en el Queens park.

Después de presentar mi caso, el Dr. Faulkner dijo que podía proseguir mis actividades, con la condición de que los pacientes se presentasen con un diagnóstico escrito por sus respectivos médicos y siempre que no cobrase por mis servicios. “Mi única ambición, le dije al Dr. Faulkner, es la de demostrar el mérito de ESSIAC y hacer que sea aceptado por la profesión médica”.

Volví a Peterborough, muy orgullosa y contenta de poder seguir ayudando a mis pacientes. La mirada de gratitud que veía en sus ojos cuando conseguía aliviar su dolor, y la esperanza y alegría que les devolvía cuando veían sus males reducidos, era recompensa suficiente por todos mis esfuerzos.Tenía fe en que si confiaba en Dios y hacía todo lo que estaba en mis manos, encontraría alguna forma de financiar mi trabajo. Me acordé de la iglesia de St. Joseph, en mi ciudad natal de Bracebridge, en Ontario, y de la ventana dedicada a la memoria de mi madre, Fritzelda (Potvin) Caisse. Ella y mi padre criaron y educaron a sus ocho hijas y tres hijos para que amasen y respetasen a Dios y para que creyesen que el respeto y el amor de nuestro prójimo es más importante que la riqueza.

Nunca me imaginé que intentar ayudar a aquéllos que sufren sin intención de lucro personal podía causar enfrentamientos y persecuciones.Nunca he afirmado que mi tratamiento pueda curar el cáncer- aunque muchos de mis pacientes y médicos con los que he trabajado opinan lo contrario. Mi objetivo ha sido el de controlar el cáncer y aliviar el dolor.Nunca he afirmado que mi tratamiento pueda curar el cáncer- aunque muchos de mis pacientes y médicos con los que he trabajado opinan lo contrario. Mi objetivo ha sido el de controlar el cáncer y aliviar el dolor.

La diabetis, la anemia perniciosa y la artitris, no se pueden curar; pero con insulina, extractos de hígado y extractos de corteza suprarrenal, tales “incurables” pueden llevar una vida normal y con una esperanza de vida controlada.

He tratado con éxito a pacientes con cáncer durante más de 25 años utilizando ESSIAC hipo dermicamente y de forma oral. Debido a que soy una enfermera y no un médico, nunca he podido administrar el tratamiento hasta recibir por escrito un diagnóstico de cáncer firmado por un médico cualificado. Mis tratamientos siempre han sido administrados bajo observación médicas.

Unos días después del juicio ante el Departamento de la Salud y el Bienestar, me llamó desde Bracebridge el Dr. Alfred Bastedo. Me envió a un paciente con cáncer de intestino y se quedó impresionado con los resultados de mi tratamiento. Me dijo que se había dirigido al Ayuntamiento de Bracebridge para solicitar que me ofreciesen el viejo inmueble del British Lion Hotel y montar una clínica de cáncer, si volvía a mi ciudad natal para ejercer. Me persuadió y acepté su oferta.

El alcalde y el Ayuntamiento de Bracebridge estaban entusiasmados por la apertura de la clínica. Con la ayuda de amigos, familiares y pacientes, amueblé la oficina, el dispensario, la sala de recepción y cinco salas para tratar a los pacientes.El alcalde y el Ayuntamiento de Bracebridge estaban entusiasmados por la apertura de la clínica. Con la ayuda de amigos, familiares y pacientes, amueblé la oficina, el dispensario, la sala de recepción y cinco salas para tratar a los pacientes.

De 1934 a 1942, pagué al Ayuntamiento una suma de $1.00 al mes por el inmueble, que lucía en la puerta una placa que ponía “CLINICA DE CANCER”. Traté a miles de pacientes que venían de cerca y de lejos, la mayoría casos de cáncer incurables, por los que la ciencia médica ya nada podía hacer.

Algunos llegaban en ambulancias y recibían su primer tratamiento tumbados en la camilla; después de unos cuantos tratamientos podían caminar hacia la entrada de la clínica sin ninguna ayuda.

Tenía una fe absoluta de que podía acumular suficientes pruebas de los resultados obtenidos con distintos tipos de cáncer, tal y como exigía la sociedad del cáncer. Finalmente, ESSIAC tendría que ser aceptado como un tratamiento reconocido por la profesión médica.

Entonces no conocía la existencia de un esfuerzo organizado para que no se descubriese una cura contra el cáncer, especialmente si se trataba de una investigadora independiente, sin estar afiliada a ninguna organización que la financiase con fondos públicos o privados.

Se han recaudado grandiosas sumas de dinero para la investigación científica contra el cáncer durante los últimos 50 años, y prácticamente no se ha descubierto nada nuevo o productivo. La posibilidad de que una simple enfermera haya podido descubrir un tratamiento eficaz contra el cáncer, podría ridiculizar el gasto de los fondos invertidos en tal causa.

Cuando abrí la clínica para tratar el cáncer en Bracebridge, mi madre cayó enferma. Los cuatro médicos de la localidad dijeron que tenía piedras en la vesícula y que su corazón era demasiado débil para poder resistir una operación. Mi madre tenía entonces 72 años.

Cuando empeoró, insistí en llamar al Dr. Roscoe Graham, un especilista reconocido internacionalmente, para que la examinase junto con los otros médicos.

Después de la consulta, el Dr. Graham me dijo: “Tu madre tiene cáncer, Señorita Caisse. Su hígado es una masa nodular”.

El Dr. McGibbon, el médico de la localidad, que criticaba mi trabajo contra el cáncer, le dijo de forma sarcástica, “¿Por qué no hace usted algo?”

“Desde luego que lo voy a hacer, doctor”, le contesté. Le pregunté al doctor Graham, “¿Cuánto tiempo de vida le queda?”. El doctor Graham pensaba que era sólo una cuestión de días.

Inmediatamente después empecé a tratarla con ESSIAC, administrándoselo durante 10 días seguidos. Cuando su situación mejoró reduje el tratamiento a tres veces a la semana, después a dos y luego a una. Continuó mejorando..

Para resumir la larga historia, mi madre se recuperó totalmente. Se murió después de cumplir los 90- con un corazón débil pero sin dolor.

Este suceso me recompensó por todo el trabajo que había realizado- el poder darle a mi madre 18 años más de vida que no habría tenido sin la ayuda de ESSIAC y de todas las persecuciones que había sufrido por el mundo de la medicina.

Algunos médicos de los Estados Unidos se interesaron en ESSIAC lo suficiente como para investigar el tratamiento. Algunas personas de Chicago que conocían mi trabajo persuadieron al Dr. John Wolfer de la Alumni Association of Northwestern University of Chicago, para que me dejase tratar a pacientes en una clínica de la ciudad bajo la observación de sus médicos.

Un especialista asesor me llevó a ver al Dr. Wolfer y leyó las historias de los casos seleccionados para mi tratamiento– todos ellos eran casos terminales sin esperanzas. Revisé todos los casos una y otra vez y le pregunté '‘¿cuando quiere que empiece?.'‘ Me miró sorprendido ya que, como me dijo más tarde, esperaba que rechazase su oferta.

Quedé en que iría a Chicago todos los jueves para tratar a esos pacientes, siempre bajo la vigilancia de los cinco doctores. El especialista asesor me preguntó mientras me llevaba a casa de algunos amigos en Chicago, por qué había aceptado esos terribles casos.

‘'Mostraré resultados que sorprenderán a los médicos, incluso en ésta última etapa de la enfermedad”, le dije. ‘'Los resultados serán suficientes para interesar incluso a los médicos más escépticos.'‘

Tal como lo dije sucedió. Más tarde, estos médicos me ofrecieron abrir una clínica en el hospital de Passervant en Chicago, siempres que me quedase en los Estados Unidos.

Al principio, el Dr. Richard Leonardo, un cirujano especialista y coronel de Rochester, en Nueva York, se rió de la idea de que mi trabajo tuviese mérito alguno‘'. La única forma de aprobar o refutar el mérito de ESSIAC,'‘ le dije, “es la de quedarse en la clínica, ver a mis pacientes y observar los resultados de mi trabajo.'‘ Y así decidió hacerlo.

El primer día se quedó y habló con los pacientes; me dijó que estaba satisfecho con los resultados, pero era mi fe y coraje lo que devolvía la esperanza y mejoraba el estado de mis pacientes- no mi tratamiento. ‘'Estos resultados son completamente psicológicos'‘, afirmó enfáticamente.

El segundo día lo invité a venir a la sala de curas, para que examinase a los pacientes y viese como administraba el tratamiento. Teníamos varios casos de cáncer avanzados y no salí de la clínica hasta las 7:30pm. El también se quedó hasta que se fue el último paciente.

‘'Señorita,'‘ me dijo, '‘Debo darle la enhorabuena. Ha descubierto usted algo maravilloso.'‘ El Dr.Leonardo se quedó durante cuatro días examinando a los pacientes, interesándose cada vez más por los resultados que obtenía.

‘'Me gusta el método de su tratamiento,'‘ me dijo. ‘'Pienso que echará abajo todas las teorías del tratamiento contra cáncer y que con el tiempo podrá ser utilizado junto a la cirugía y los tratamientos de rayos x'‘

Se ofreció para establecer y equipar un hospital de Rochester si estuviese dispuesta a mudarme allí y trabajar con él.

Ambas ofertas de establecer clínicas en los Estados Unidos eran tentadoras, pero todas mis raíces, por ambas partes de la familia habían vuelto de Francia para quedarse en Canada desde 1700 y había decidido de antemano que Canada sería la que se llevase el crédito de descubrir una cura contra la enfermedad más temida del mundo. o:p>

El Dr.Leonardo realizó una investigación de mi tratamiento durante el verano de 1937, mientras la Dra. Emma H.Carson de Los Angeles pasaba los meses de junio y julio de ese año visitando mi clínica de Bracebridge y estudiando el tratamiento y sus resultados.

El siguiente informe está escrito por la Dra. Emma Carson de Los Angeles, California, con fecha del 12 de agosto de 1937:

Varios de mis colegas de la profesión, mundialmente reconocidos (médicos, cirujanos y abogados) así como cuatro famosos oficiales de negocios pasaban el invierno de 1936-37 en el Sur de California, y en varias de las ocasiones en las que me visitaron, oí hablar de la maravillosa clínica de cáncer de la Señorita Caisse en Bracebridge, Ontario. Al escuchar estos impresionantes informes expresados con tan serio interés en las discusiones, empecé a interesarme.

Más tarde tuve la determinación de ir a Bracebridge tan pronto como pudiese intercambiar cartas introductorias, para que la Señorita Caisse me invitase a visitar su clínica. La invitación me fue gratamente concedida, y contenía además instrucciones explícitas para facilitar mi viaje, su genuina y sincera bienvenida y su agradecimiento por tomarme la molestia de venir de tan lejos para investigar su trabajo, a pesar de mi actitud escéptica.

A las 8 a.m. del cuarto día después de recibir su amable invitación, salí de Los Angeles de camino a Bracebridge con el único propósito de conocer a la Señorita Caisse y cerciorarme de las virtudes reales de los tratamientos ESSIAC, según su invitación, y especialmente agradecida de su promesa de mostrarme su método y sistema personalmente en su clínica.

Tras estudiar seria y compasivamente la extraordinaria cantidad de gente afligida y después de compararlo visualmente con las clínicas más eminentes y distinguidas en las que había estado, tanto en éste país como en países extranjeros, me dí cuenta de que nunca había visto o estado en un clínica donde hubiese un ambiente tan notablemente alegre y compasivo.

Los pacientes me aseguraron que habían dejado voluntariamente de tomar todo tipo de narcóticos y sedantes recetados por los médicos que los habían atendido antes de la adpoción del tratamiento ESSIAC, y esto poco tiempo después del primer tratamiento.

Mi escepticismo no cedió ni desapareció a pesar de la eperanza y fe depositadas por los pacientes de la clínica y sus amigos. Sin embargo, admito que mi curiosidad aumentó, y decidí que mi escepticismo no podía cerrarme los ojos o entrometerse en mi detallada investigación sobre la verdadera eficacia de ESSIAC en tratamientos contra el cáncer. Algunos de los médicos y cirujanos eminenetes que estaban familiarizados con los indiscutibles resultados obtenidos con el tratamiento ESSIAC de la Señorita Rene M. Caisses, y que habían demostrado un gran interés en los trabajos de la investigación contra el cáncer, incluyendo la investigación de los remedios contra los tipos de cáncer más prominentes, me aseguraron que el tratamiento de Rene M.Caisse era el remedio más humano, satisfactorio y con más éxito que “podía encontrarse hasta entonces” (teniendo en cuenta las inevitables limitaciones debido a ciertas restricciones) para la aniquilación del cancer.

Cándidamente le expliqué la razón que había motivado mi visita a la clínica de cáncer de Bracebridge. Esperaba obtener pruebas visibles auténticas que me convenciesen lo suficiente y que pudiesen establecer una evidencia satisfactoria e irreversible de ESSIAC como un remedio garatizado contra el cáncer. La Sta. Caisse expresó su más puro deseo de facilitarme toda la información precisa, tanto la favorable como la desfavorable, para ayudar a establecer conclusiones imparciales y definitivamente confirmadas, como una merecida recompensa por mi largo viaje, realizado con el propósito de obtener evidencias convincentes acerca del verdadero mérito de ESSIAC.

Diligentemente, continué con la búsqueda de resultados garantizados y definitivos, alcanzados con el uso de ESSIAC y atribuidos al tratamiento de cáncer de Rene Caisse. Mi investigación debía estar basada en juicios imparciales.

La Sta. Caisse no reinvindica que su remedio ESSIAC “lo cure todo”. Cuando le pregunté si ESSIAC podía curar el cáncer, me respondió: “Si no lo cura, aliviará su dolor, siempre que al paciebte le quede la vitalidad suficiente para permitirle responder al tratamiento.

La vasta mayoría de los pacientes de la Sta. Caisse venían para empezar un tratamiento después de que la cirugía, radio, etc, hubiesen fallado y después de haber diagnosticado a los pacientes como casos incurables o sin esperanza. Realmente, el progreso obtenido y los resultados conseguidos con ESSIAC, así como la rapidez de la cura, eran absolutamente maravillosos y había que verlo para creerlo.

Yo estaba totalmente inmersa en la revisión, comparación y resúmen de todos los datos acumulados, informes, historias, etc, y visualizaba mentalmente a cada uno de los pacientes y su aparente milagroso progreso, cuando me dí cuenta de que mi escepticismo había desparecido, o había desmontado su tienda tras la derrota, como los árabes, y se había marchado silenciosamente.

Cuando llegué a Bracebridge, pensé quedarme 12 horas, o como mucho un máximo de 48 horas. La Sta. Caisse, su tratamiento ESSIAC y sus pacientes fueron los responsables de la ilimitada extensión de mi estancia en Bracebridge y Toronto, ya que permanecí 24 días y pasé unos 16 en Toronto.

Durante las tres semanas que visité Bracebridge y las ciudades y pueblos de los alrededores, investigué y examiné los resultados obtenidos con ESSIAC en 400 pacientes.
Me agrada asegurar a todos los interesados que yo misma corrí con todos mis gastos e investigué ESSIAC para satisfacer mi propio interés en víctimas del cáncer y conocer algunos de los agentes curativos que habían demostrado mejores resultados que ningún otro remedio contra el cáncer, y que podía recomendar de forma consciente a mis amigos y seres queridos. Quiero expresar que lamento que Ontario esté tan lejos y que sea tan difícil llegar desde California. El desplazamiento que supone tal distancia es una consideración importante a tener en cuenta para la seguridad y comodidad de los inválidos.Me agrada asegurar a todos los interesados que yo misma corrí con todos mis gastos e investigué ESSIAC para satisfacer mi propio interés en víctimas del cáncer y conocer algunos de los agentes curativos que habían demostrado mejores resultados que ningún otro remedio contra el cáncer, y que podía recomendar de forma consciente a mis amigos y seres queridos. Quiero expresar que lamento que Ontario esté tan lejos y que sea tan difícil llegar desde California. El desplazamiento que supone tal distancia es una consideración importante a tener en cuenta para la seguridad y comodidad de los inválidos.
Expreso mi sincero interés y esperanza para que la humanidad entera permita la obtención del remedio ESSIAC de Rene Caisse, de acuerdo con sus principios filantrópicos y humanos. (Firmado: Emma M.Carson, M.D. Hayward Hotel, Los Angeles, California, 12 de agosto de 1937).
Cada pocos años tenía una cita con quienquiera que fuese el entonces “Honorable Ministro de la Salúd en Ontario” y asistía con un grupo de pacientes y una petición. Primero el Dr. Robb, después el Dr Faulkner y el Honorable Harold Kirby. Cada año el grupo de pacientes era más numeroso y las peticiones contenían más nombres.
La última petición se presentó en 1938 con una carta exigiendo a nuestro gobierno la legalización de mi tratamiento de ESSIAC.
Esta carta fue presentada ante la segunda sesión de la vigésima asamblea legislativa de Ontario en 1938, para: “Un acta para autorizar a Rene Caisse a practicar la medicina en la provincia de Ontario y a tratar el cáncer y sus condiciones derivadas.” La carta fue patrocinada por dos miembros de la asamblea legislativa provincial de partidos políticos opuetsos- el Sr. J.Frank Kelly, miembro del partido liberal y el Sr. Leopold McCauley, miembro del partido conservador. Había 59 votantes en la asamblea y la petición fallo sólo por tres votos. Esto habría autorizado la práctica del tratamiento contra el cáncer sin valoración médica. Esta situación nunca se había dado antes en la historia de Canadá.
Más tarde descubrí que una petición tan poco usual, autorizándome la práctica de la medicina y el tratamiento del cáncer, habría sido sin duda, aprobada por la asamblea legistativa si no fuese por la existencia de miembros de la profesión que aseguraron que si la petición no fuese aprobada, no promocionarían la “Comisión del Cáncer” para otorgar un juicio justo de mi tratamiento.
Observación: (Más tarde salió a la luz que la asociación médica canadiense había debatido mi caso con la asamblea legislativa antes del juicio y que había hecho esta falsa promesa.
Poco después del juicio de mi peticón, la asamblea pasó: “Un acta para la investigación de remedios contra el cáncer.”
Este acta estableció la Comisión del Cáncer entre otras cosas, dado que:
“La Comisión puede solicitar de cualquier persona que anuncie, ponga a la venta, alquile o distribuya de forma gratuita o lucrativa, u ofrezca esperanzas recompensantes sobre cualquier sustancia o remedio contra el cáncer, el entregar a la comisión muestras de tales sustancias o una descripción del tratamiento, así como muestras de las sustancias utilizadas en dicho tratamiento, junto con la fórmula de dichas sustancias y cualquier otra descripción pertinente a tal sustancia o método de tratamiento que la comisión pueda determinar.
Cerré mi clínica inmediatamente después y la reabrí sólo bajo la petición urgente del Ministro de la Salúd, el honorable Harold J.Kirby y el Primer Ministro de Ontario, el honorable Mitchell Hepburn.
Cuando la petición fue aprobada el honorable Mitchell Hepburn dijo: “La decisión depende ahora de la profesión médica. Ellos deben aprobar o condenar las afirmaciones de la Sta. Caisse y no creo que puedan condenarlas. Apoyo su trabajo y haré todo lo esté en mi poder para ayudarla.”
El Primer Ministro respondió a una consulta de la Sra. Wilfred Raney, de Sunbridge, Ohio, sobre mi tratamiento, afirmando que podía “continuar” como hasta entonces. Desde la “Oficina del Primer Ministro de Ontario” y con fecha de 8 de julio de 1938, decía así: Querida Sra. Raney: En respuesta a su reciente carta en relación a la cura contra el cáncer de Rene Caisse, deseo aconsejarle que la Comisión para la investigación de las tan llamadas curas contra el cáncer todavía no ha sido establecida. La Sta. Caisse está en la misma posición en la que se encontraba con anterioridad a la aprobación del acta para la investigación de remedios contra el cáncer. No ha existido interferencia alguna del Departamento de la Salúd ni de ningún otro departamente gubernamental. El Ministro de la Salúd y el Diputado Ministro han entrevistado personalmente a la Sta Caisse, quien ha sido autorizada para continuar mientrastanto con su tratamiento del mismo modo que lo había hecho hasta entonces. Le saluda atentamente (Firmado Mitchell Hepburn).
Finalmente, el día 31 de diciembre de 1939, La Comisión que llevaba la investigación del remedio contra el cáncer expuso un informe que decía en una de las partes:.
Después de un cuidadoso exámen de toda la evidencia recogida y analizada y sin olvidar el hecho de que los pacientes, o un gran número de los que se habían presentado ante la Comisión, se habían sentido beneficiados por el tratamiento que habían recibido, la Comisión opinó que la evidencia no justificaba ninguna conclusión favorable sobre el mérito de ESSIAC como un remedio contra el cáncer y que así lo notificaría.
Es mí opinión que la audiencia de mi caso ante la Comisión fue una de las mayores farsas perpetradas en la historia de la medicina. Más de 380 pacientes se presentaron para ser oídos, y la Comisión se limitó a escuchar a 49 pacientes. Más tarde en su informe, redactaron que sólo habían venido 49 pacientes a la audiencia!. Afirmaron que los informes de rayos X no podían aceptarse como diagnóstico y que los 49 médicos habían dado diagnóticos erróneos o equivocados.
Es triste pensar que los médicos puedan diagnosticar ‘'Cáncer'‘ y enviar a casa a los pacientes que les queda sólo unos meses de vida, sin estar seguros. En los 49 casos examinados por la Comisión, la mayoría habían sido diagnosticados por más de un médico. Algunos de ellos habían pasado por tres o cuatro médicos que los trataron contra la enfermedad antes de acudir a mí para recibir tratamientos de ESSIAC.
En el juicio, La Comisión del Cáncer reconoció que cada uno de los pacientes presente se había beneficiado o curado con ESSIAC: muchos de ellos con padecimientos e informes patológicos, pero dijeron que los médicos se habían equivocado en el dignóstico de los casos.
Más de 300 pacientes esperaban a ser oídos pero la Comisión declaró que ya habían visto lo suficiente como para dar un informe.
La Comisión del Cáncer criticó el hecho de que no les había proporcionado la fórmula de ESSIAC ni muestras de la misma. Lo que no destacaron fue que había ofrecido mi fórmula a las autoridades con la condición de que admitiesen el mérito de ESSIAC considerando las pruebas clínicas que había presentado.
Me había dispuesto a entregársela si me aseguraban que no sería archivada (como habían hecho con la penicilina). Al no entregar mi fórmula, publicaron la noticia de que “Me negué a entregar mi fórmula”.
Mis archivos reflejaban cientos de casos documentados sobre la probada eficacia de ESSIAC en pacientes que padecían de cáncer, incluyendo muchos de los casos de los 49 pacientes que la Comisión del Cáncer había rechazado por razones dudosas. Presentaré sólo dos de los casos que asistieron ante la Comisión en julio de 1939 y que seguían vivos y sanos después de más de 20 años.
Paciente 1. Walter Hampson, Utterson, Ontario, edad 34 años en 1937. Diagnóstico: carcinoma escamosa del labio. Médicos: el Dr. Ansley, patólogo, y el Dr.A.F. Bastedo de Bracebridge, Ontario. Después del informe del patólogo, el Dr. Bastedo apresuró al Sr.Hampson para que inmediatamente empezase un tratamiento de radio ya que no podía permitirse perder mucho tiempo. El Sr. Hampson acudió a mi encuentro y se curó. Cuando se presentó ante la Comisión del Cáncer el 4 de julio de 1939, con otros pacientes, anotarón su caso como ‘'recuperación debido a intervención quirúrjica'‘. La única operación quirúrgica que había sufrido era la extirpación de una pequeña sección para hacer una biopsia que demostró que tenía cáncer!
OBSERVACION: El Sr. Hampson se recuperó el 4 de mayo de 1960.
Paciente 2. Herbert Rawson, Bracebridge, Ontario. Edad 48 años en 1935. Diagnóstico: carcinoma del recto, confirmada por rayos X.
El paciente tenía una dura masa que sangraba y padecía grandes dolores. Cuando se negó a operarse, el Dr. Kenny escribió un diagnóstico dando permiso a Rene Caisse para tratar al paciente con ESSIAC. El tratamiento comenzó en abril de 1935 y el último de los 30 tratamientos fue dado el 1 de mayo de 1936, mostrando una buena mejora. El paciente pudo trabajar durante el perído del tratamiento exceptuando un mes de descanso. En 1936, cuando los médicos W.C. Arnold de Ottawa, Herbert Monthorne de Timmins, Ontario y F.Greig de Bracebridge , Ontario, lo examinaron, no encontraron ninguna huella del cáncer.
OBSERVACION: el 22 de mayo de 1960, el Sr. Rawson , se murió de un ataque a los 73 años de edad.
En 1963, fallecieron la Sra. Carline Donald, de 79 años y John McNee, de 95. Ambos habían sido curados de cáncer en la clínica de Bracebridge, pero no hay duda de que los investigadores afirmarán que nunca tuvieron cáncer. Parece ser que los únicos casos que reconocieron que tenían cáncer fueron los de los pacientes que fallecieron a causa de ello, a pesar de toda la investigació y tratamientos convencionales.
El Primer Ministro, el Ministro de la Salúd, y más tarde el Comisionado del Cáncer y los abogados de Ontario recibieron cientos de cartas y súplicas de pacientes y sus médicos con respecto a ESSIAC. Muchas de las 55.000 personas que firmaron la defensa de la petición para reconocer y legalizar mi tratamiento, también escribieron cartas. El Comisionado del Cáncer, apoyado por ciertos grupos de médicos, hizo oídos sordos ante las apelaciones y utilizaron las mismas interpretaciones imparciales que habían otorgado a otros tratamientos indicados contra el cáncer, que no estuviesen limitados por su aprobación quirúrgica, radiacción y drogas tóxicas. .

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